La promesa

La promesa

Dilluns salió ese día a la calle, a cualquier hora, sintiéndose culpable de permanecer con vida. La lealtad, con sus altibajos, si consideramos como debilidad todas las veces que le fue infiel con el pensamiento (debilidad, después de todo, ¿según quién y por qué?), fue una de las señas distintivas de su compleja relación (que, a final de cuentas, se fue descomplejizando o más bien simplificando con los años, con la experiencia y con cientos de sesiones de psicoterapia); compleja pero sólida, madura, segura, definitiva. No quería vivir ese triste, trágico momento de ser quien hiciera los arreglos de un funeral que no era el suyo (tampoco mostró o tuvo disposición de ánimo para arreglar el suyo, no por cobardía sino por pereza). A la muerte de su padre no se encontraba en el país. Había puesto el océano Atlántico de por medio. Ese sería entonces el viaje definitivo, hasta que se viera en la tesitura de cumplir su palabra. Y esa duda, esa debilidad , temor atávico más bien, le atenazaba la garganta permitiéndole apenas respirar. Su respiración era un hálito, un suave murmullo deslizándose en silencio hacia el mundo.
No hacía un día especialmente triste, ni oscuro, ni gris. Era un día normal, como cualquier otro, como cualquier lunes de verano. Largo, con mucha luz. Luz atenuada apenas por las nubes de una lluvia incipiente, atrevida, inoportuna tal vez.
Para su sorpresa, su rictus era más bien tranquilo, se diría que casi tan apacible como el que vio en el muerto. Las mariposas negras de largos y afilados colmillos que siempre hubieran sido su peor pesadilla no estaban ni siquiera rumiando al acecho. Simplemente no estaban ahí, en el momento más temido. En el momento definitivo. Pensar justo en eso, con algo de sorpresa y quizás de decepción (como el condenado a muerte que en su momento final se da cuenta de que no tenía nada de qué temer, que la muerta es siempre inevitable, fatal), le provocó un extraño pero comprensible alivio. Pensó tranquilamente en su infancia, cuando aún no le había conocido, cuando se juraba entre llantos que moriría en la más pura y abyecta soledad, en un pueblo como la Tacna de aquella mujer escandalosa, fuera de su tiempo, que lo llegó a tener todo a sus pies y murió en la más abyecta miseria y soledad.
Dio el primer paso fuera del umbral de esa puerta que nunca hubiera querido cruzar y de un manotazo apartó un dron de vigilancia que se acercaba distraído, como un abejorro lapidario. Comprendió entonces que seguía vivo, siendo capaz de asustarse; con su instinto de supervivencia intacto. Entonces lloró. Se felicitó en silencio por haber sido capaz de concluir sin ayuda de parientes o amigos los arreglos del funeral. ¿Y después?
J. R. Merentes

Publicado por josepcorretja

Escritor, novelista en ciernes. Amo mi vida.

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